martes 10 de enero de 2012

El puente colgante

Para llegar al ático hay que, primero, subir unas escaleras, luego, atravesar un extraño puente colgante y al final, descender otras escaleras. El primero movimiento es sencillo, las escaleras son amplias. Es una estructura metálica de reja, sólida y funcional. El segundo paso es más complicado. Al llegar al final de la escalera hay una pequeña galería vallada en cuyo extremo final, frente al último peldaño, se encuentra un estrecho puente colgante formado por dos tensas cuerdas metálicas entramadas, colocadas en paralelo una de la otra y a igual altura, de las que penden pequeñas cadenas soldadas a los tensores que se precipitan parabólicamente dibujando una curva gaussiana invertida. En el vértice inferior de cada curva una tangente cadena metálica minúscula hace de insuficiente base. Cruzar el endeble puente se torna pues en absurda temeridad. El tercer paso es nuevamente muy sencillo. Al otro lado nos espera una escalera idéntica a la primera que simplemente habrá que descender. Sea como fuere, para llegar a nuestro destino no queda otra que completar debidamente todo el recorrido.

La primera parte no resulta complicada en absoluto. Una vez arriba nuestro protagonista se aproxima velozmente al extremo de la galería superior, donde acaba la escalera, y asoma su cabeza por encima del estrecho puente. Observa el precipicio de hormigón sobre el que pende, contempla el asfalto que queda más abajo. Atraviesa sin más dilación el puente, con aparente tranquilidad y mucho equilibrio, salvo un pequeño e inaparente traspiés hacia el final. Ya en el otro lado, desciende vertiginosamente la escalera. Ya está aquí, donde debía. Todos aplaudimos su destreza con cierta sorna, realmente cruzar la estructura no era tan difícil como se antojaba, al fin y al cabo, a ninguno nos ha costado demasiado.

Sucede que realmente ninguno de nosotros se ha encontrado con las dificultades que él había tenido que superar al atravesar el puente y sucede también que ninguno las había contemplado, ninguno había sido consciente, pues nuestros sentidos nos habían engañado. La rapidez con que habíamos percibido la ejecución de sus movimientos nada tenía que ver con la realidad. Nuestro protagonista se había visto envuelto en un confuso y peligroso viaje a través del tiempo, encontrándose en algunos instantes al borde mismo de la muerte. Ciertamente, el primer movimiento había sucedido sin problemas, en un visto y no visto. Subir la escalera y llegar hasta arriba, sin más. Luego, en el puente, algo extraño sucedió, se abrió un portal y viajó al pasado y al futuro, a la nada y a lo etéreo. Dio un primer paso y una luz lo transportó en el tiempo hacia atrás, se encontró con un viejo tronco de madera, casi putrefacto, que hacía las veces de puente. Perdió el equilibrio y quedó suspendido en el vacío, sujetando el tronco con ambas manos. Logró a duras penas subir de nuevo al tronco cuando de nuevo regresó al presente, avanzó dos pasos y un nuevo portal se abrió, se sintió flotando, como en el espacio, girando luego alrededor de un vórtice, cerró los ojos fuertemente y al abrirlos se encontró sobre una superficie metálica que se suspendía sobre el precipicio sujeta por una extraña estructura hidráulica, como si de una grúa se tratara. La estructura avanzaba hacia el otro lado del abismo, donde esperaba un ascensor. Debía de estar en el futuro puente. Cuando de pronto regresó al presente se encontraba mucho más cerca del otro lado, donde le volvía a esperar una escalera de estructura metálica. Avanzó varios pasos más y nuevamente un giro en el espacio-tiempo le puso sobre una especie de cuerda acrobática, viajó a la fantasía de un circo, a lo más lejano del subconsciente. Sintió que iba a perder el equilibrio, que iba a caer y efectivamente su cuerpo empezó a zozobrar. Apoyó su mano en el vacío y entonces encontró una cuerda tensora, había vuelto de nuevo a la estructura original, a la realidad de aquí y ahora. Avanzó varios pasos más y se encontró a salvo en la segunda escalera, listo para emprender el tercer y definitivo movimiento que le dejaría finalmente en el ático donde todos nos hallábamos. El descenso por la escalera fue un suspiro.

A todos nos pareció que él, como los demás, había atravesado el circuito sin el menor problema ni riesgo para su vida, sin embargo, había vivido toda una aventura para llegar hasta donde todos nosotros nos encontrábamos. Él jamás dijo nada y nosotros jamás lo percibimos. Si lo sé y lo cuento es porque lo he soñado.


Así habló Il Estatore a principios de 2012.