sábado 7 de noviembre de 2009

Delfines

Tengo un recuerdo vago, algo difuso. Uno, dos o tres delfines jugueteaban en el agua de algo parecido a una piscina. Emergían tres cuartas partes de su cuerpo sobre la superficie del agua y marchaban hacia atrás mientras emitían singulares sonidos. Luego se sumergían al compás bajo el agua y giraban sobre sí mismos. Recuerdo acariciar el lomo de uno de ellos mientras otro seguía con su nado rotatorio. Recuerdo que el delfín al que acariciaba volvía una y otra vez con gráciles movimientos, y como la piscina ya no era un recinto cerrado. Uno de los delfines se me vuelve a acercar y se da la vuelta, nada boca abajo muy cerca de la superficie del agua. Un reflejo plateado ciega mis ojos durante un segundo, mientras mis manos acarician su piel suave y húmeda. Me siento bien en esa piscina sin límites, es ese océano calmo en el que nadar no me agota, rodeado de simpáticos delfines que vienen a mí haciendo cabriolas.

Supongo que poco después me desperté de ese agradable sueño. A veces uno sueña y se despierta tal cual, sabiendo que ha soñado y recordando el sueño, más o menos sorprendido del poder de su imaginación o de su subconsciente, pero con el conocimiento absoluto de que el sueño no era nada más que eso, un sueño sin más. Otras veces, uno despierta con la total certeza de que lo soñado tiene un significado, ya sea como manifestación del subconsciente o como augurio, bueno o malo. No se trata sólo de que se sepa que lo soñado es algo tipificado en algún tipo de guía de interpretación de los sueños, a veces pueden soñarse cosas que se sabe o se intuye puedan tener algún tipo de descripción en tales documentos y sin embargo, uno entienda que se trataba de un sueño sin más. Se trata de que se sabe al despertar que lo soñado quiere decir algo, se sepa o no se sepa que eso pueda estar tipificado en algún lugar. Hablo del convencimiento absoluto de que lo soñado tiene un significado, hablo de un sentimiento intuitivo profundo. Tal es el caso de estos delfines de mi sueño.

Hace un tiempo soñé con otros delfines, eran negros y nadaban en libertad, dirección a la costa. Supe al despertar, recordando el sueño, que fue un simple sueño sin más. La noche previa había visto unos iguales en la televisión. Hace varios días tuve un sueño breve y un tanto escatológico, iba al baño y defecaba, defecaba mucho. Al despertar tuve la certeza de que soñar con defecar o con excrementos era uno de esos sueños que uno puede encontrar en las guías, de hecho la mente enfermiza de Freud algo había interpretado ya sobre el tema; sin embargo era plenamente consciente de que ese sueño nada quería decir, salvo que quizá simplemente tenía ganas de ir al baño. Hace un mes y pico soñé con una uña que se me rompía, quedaba partida, me la arrancaba sin sangre. Supe que algo significaba y busqué qué podía ser. No estaba claro, porque ninguno de los sueños descritos se ajustaba del todo a lo soñado pero planteaba dudas sobre mi salud y sobre la confianza en personas de mi entorno, podría decir que en estos tiempos difíciles algo de eso ha habido; lo de la salud es evidente, lo otro es más o menos discutible aunque no por ellos menos probable. No sé. Con los delfines vuelve a ocurrir lo mismo, en esta ocasión los augurios son positivos y a esa idea pretendo aferrarme. Habla mejor del entorno y sobre todo me dice que tal vez exista una buena comunicación consciente-subconsciente, un buen entendimiento. Quizá sea una estupidez, pero uno piensa que tal y como está el patio no es mal asunto aferrarse a las pequeñas cosas mínimamente positivas; y los delfines, salvo que estén fuera del agua, se asocian a la suerte...


Así habló Il Estatore, de nuevo sobre sueños y demás misticismos.

lunes 26 de octubre de 2009

Autocanibalismo metafísico

Mis personajes me comen por dentro como si fueran parásitos devoradores de carne. Pero no es carne lo que comen, se alimentan de mi alma, de mi espíritu, de lo que sea que constituya mi esencia; sea eso lo que sea. Mis personajes carroñeros se alimentan de mi espíritu indefenso, de mi alma difunta. Primero fueron grandes personajes depredadores los que me dieron caza y luego fue la carroña la que me despedazaba, la que se peleaba por los últimos trozos de mi yo místico, de mi yo espiritual, de mi yo metafísico, de mi yo mental, de ese yo que no es mi cuerpo, de ese yo que se manifiesta más allá de mi físico y también más adentro. Mis personajes me devoran y yo tengo la culpa, pues yo he sido quien ha abierto la veda, yo he sido el primero en devorarme, el primero en dar el primer y fatal bocado. Arturo ha sido el segundo, y entre los dos hemos hecho la mayor parte del trabajo sucio. Hemos sido los grandes depredadores. Luego han salido mis reflejos, pedazos inútiles de mi yo inútil. Más tarde los reflejos de Arturo, que a su vez es reflejo mío en su constitución. Y cuando parecía que ya no había nada más que consumir, que hasta los huesos de mi alma habían sido machacados, triturados y tragados por voraces cerdos metafísicos salidos de mi imaginación, entonces han aparecido gusanos, hongos, parásitos microscópicos, bacterias... es decir, toda la podredumbre que puebla mi interior, todos esos personajes sobre los que un día he escrito o he pensado, todos los seres imaginarios que he creado o que me han ayudado a crear, y las cenizas de mi espíritu que quedaban tras el perseverante trabajo porcino se han corrompido, esto es, se han descompuesto. Cabe suponer que, tras la descomposición, lo orgánico generará bienes inorgánicos que aprovecharán otras almas orgánicas, otros seres metafísicos, otras mentes... Me da que algo radioactivo hay en mi psiquis que generará cáncer en los pobres desgraciados que se alimenten de esos "bienes" inorgánicos que se desprendan al final del proceso, después de mi fatal descomposición, tras el trabajo atroz de mis personajes, el trabajo que he iniciado yo mismo con la colaboración de Arturo.

Así habló Il Estatore hace bastantes años y así lo encontró escrito por ahí. En principio está inacabado pero así se va a quedar, al menos aquí.

miércoles 14 de octubre de 2009

Un acto reflejo

Todo está listo para el gran momento. Él está decidido, absolutamente convencido. Es hora de hacerlo. Lleva tanto tiempo queriéndolo hacer, soñando con ello, diciéndose una y otra vez “ahora es el momento”.
Los motores están encendidos. La avioneta empieza a circular sobre la pista. Coge velocidad, cada vez va más y más deprisa. Despega. Todo va bien. Todo va suave como la seda. Es un vuelo agradable. ¡Él está tan contento! Sobrevuelan una apacible pradera. Es una hermosa llanura. Todo está de cara. Todo parece sencillo. Se abre una puerta. Unos papeles sueltos salen volando por ella. Él se aproxima cautelosamente, se coloca el casco y se fija bien el paracaídas. Observa la llanura desde el interior de la avioneta. Se asoma a la compuerta abierta. El miedo es un acto reflejo. Siente que debe hacerlo, que debe saltar, que es lo que más desea en este mundo. Saltar al vacío, atreverse a sentirse vivo. Es sólo un paso hacia adelante, nada difícil. Es muy sencillo hacerlo en una piscina desde el trampolín más alto o en un lago desde un pequeño acantilado. Es muy sencillo cuando no hay nada que perder, cuando no hay tanta profundidad que recorrer. Ya lo ha hecho entonces. Pero tanta altura es otra cosa: impresiona. Siente pues, que es mucho lo que tiene que perder, a pesar del paracaídas principal y del de emergencia. Sabe que simplemente es saltar y que no pasará nada: un salto, un rato de caída libre y luego tirar de la anilla y dejarse llevar hasta tomar tierra. Insiste una y otra vez en decirse a sí mismo que no tiene nada que perder, que lo más que puede ocurrir es que vaya a caer entre una pequeña arbolada o entre algunos peñascos. Si no sale bien tal vez regrese a casa con alguna herida menor sin importancia y el orgullo un tanto lastimado, pero no hay peligro real de muerte ni de nada definitivo. Todo cicatriza, hasta el orgullo.
Toma aire. Es ahora o nunca. Es lo que quiere, lo que más desea, pero el miedo es un acto reflejo… un acto reflejo… acto reflejo… reflejo… Baja la mirada, cierra el portalón y se sienta nuevamente en la banqueta. La avioneta da la vuelta y empieza suavemente su descenso. Es un vuelo agradable. El aterrizaje es plácido. La avioneta se desliza hasta el hangar vacío. Él baja de la avioneta con la cabeza gacha, se quita lentamente el paracaídas de encima y se cambia de ropa. Entra en su viejo coche y arranca el motor. Nuevamente regresa a casa con el rabo entre las piernas, sin ningún rasguño externo pero totalmente destruido por dentro. El miedo es un acto reflejo que le sume en la inacción.

Así calló Il Estatore.

Paloma, Andrés Calamaro: http://www.youtube.com/watch?v=baziORI-BJ8&feature=related

domingo 13 de septiembre de 2009

Sueños premonitorios

Sueños premonitorios pueblan mis noches y las llenan de fantasmas. Sueños que me anuncian traiciones y llenan mis sentimientos de desconfianzas. Sueños de enfermedad que me atribulan. Nacen de un sueño irregular, de un insomnio a clapas y van acompañados de pesadillas.

El otro día, dos personas entraban en casa con un cuchillo, era uno de esos cuchillos para untar, nada peligroso, y por ello, me atrevía a pelear por mantenerlo alejado de mí, sin miedo a cortarme accidentalmente en la refriega. Querían robarme algo que no estaba en casa. Mi hermano, quien también se encontraba ahí, pactaba salir a buscarlo sin avisar a la policía a condición de que a mí no se me hiciera daño. En un momento de confusión, mientras mi hermano salía, yo conseguía dejarles fuera de casa y cerraba tras ellos la puerta, pero ellos se habían llevado las llaves. Me desperté a mitad de una titánica lucha por mantener la puerta cerrada, agotado por el esfuerzo y asqueado por el sueño intranquilo.

Esta noche he soñado que regresaba por unos días a Bruselas. Encontraba a una vieja amiga en el camino y resultaba que ninguno de los dos tenía alojamiento. Conveníamos en encontrar algo sin tener que pagar por ello, no sé muy bien por qué, y decidía llamar a conocidos que allí siguen viviendo. Encontraba un sitio, pero iba a estar lleno de gente y a los dos nos sabía mal. El sueño en sí era plácido, plagado de encuentros entrañables pero envuelto de un contexto agónico de búsqueda, de cierta desesperación por encontrar cobijo.

Sueños confusos con gatos que se acercan, uñas que se parten sin derramar sangre y horas de vueltas y vueltas sobre la cama, sin pegar ojo, que me inquietan y que me indican que algo va mal o que algo está por ocurrir. Son señales del inconsciente, signos que señalan que hay algo que me inquieta, o tal vez surgen de un sentido desconocido que de alguna manera se adelanta al presente o, solamente, son tonterías de un insomne, simples supersticiones…


Así habló Il Estatore.

domingo 30 de agosto de 2009

Un día Soleado (recordando Anochece)

Marcado por un Sol de infarto, ocultándome en las escasas sombras que proyectan las cornisas de los edificios que pueblan la ciudad, recuerdo aquella luna de hombre-lobo semiescondida tras una neblina fina y amenazante, recuerdo mis divagaciones y divago sobre ellas, cambian los rostros y los nombres y algunos se repiten cíclicamente atormentándome, apagando por un segundo los latidos de mi corazón, ahogando mi respiración. Siento que se me escapan los recuerdos, que se escabullen lentamente generando pequeños remolinos que se desvanecen aún más despacio, permanecen eternamente inalcanzables, eternamente efímeros, y sin embargo, permanecen.
Veo aquellos patos haciendo cola en Flagey, ahora son palomas correteando alrededor de un árbol en Diamant, y el negro que pasaba por la avenida Ixelles, ahora es un tipo calvo que camina medio perdido y algo cabizbajo por Torrent de l’Olla. La realidad es cambiante, y el muchacho del metro, el que tenía los ojos que yo nunca tuve, ni siquiera va en metro y ni siquiera es un muchacho. La realidad es cambiante, pero en su mutabilidad permanece intacta, se mantiene de alguna manera como si nada hubiera cambiado. Así, este Sol infinito en este día sin nubes es esa Luna de hombre-lobo tras una cortina neblinosa y los adoquines de las calles de Bruselas son el asfalto de esta Barcelona plagada de turistas. Recuerdo pensar en ti y no saber que rostro ponerte y mis dudas se convierten en una ruleta que viene del pasado y se extiende hacia el futuro, nada cambia y sin embargo, nada es cómo fue entonces ni cómo ha sido ni tan siquiera se parece a cómo será. Y no hay lluvia que moje mis zapatos, sólo este Sol que me abrasa la piel y que me aplasta contra el suelo. No sé por qué esta manía de volver andando. Quizá para no pensar en ti. No hacerlo es sencillo; total, no existes. Y así estamos, en un nuevo bucle. Quizá el por qué de andar es precisamente lo contrario, tal vez sea eso, que siempre me acuerdo de ti cuando menos lo necesito, cuando algo en mi interior me hace sentirme distinto pero igual; aunque sea por un segundo. Siempre hemos sido extraños y, sin embargo, sangre de la misma sangre de la misma sangre de la misma sangre de la misma... Siempre idea latente que bombea un corazón entristecido y gris, oscuro y lleno de estrellas en medio de un día soleado e infinito sin lunas llenas de hombre-lobo pero con sombras proyectadas que dibujan contrastes imposibles en una ciudad que extiende sus brazos hacia el mar, tratando de abarcarlo todo en un gran abrazo, tal vez con la esperanza de la redención, con la sensación de que la solución está a la vuelta de la esquina y que en la siguiente sombra tras el próximo requiebro todo puede cambiar definitivamente a mejor, aún siendo igual, aún permaneciendo. Sangre de la misma sangre de la misma…

Así habló Il Estatore, mientras recordaba un sueño sin tiempo -sin día y sin noche- del que habló en Diciembre de 2005:
http://estatore.blogspot.com/2005/12/anochece-que-no-es-poco.html

jueves 30 de julio de 2009

Debilidades al margen

Todo se precipita en la nada y en ocasiones, los pequeños sucesos de lo absurdo te ponen las cosas en su sitio, te marcan los límites, te acercan a la sencillez o te la recuerdan. Lo complicado es lo otro, lo que está más allá, vivir simplemente es sobrevivir y uno se pregunta dónde reside el porqué de esa necesidad. ¿Por qué lo más esencial es eso y por qué alrededor de lo más esencial se engancha como herrumbre tanta morralla? Cuesta desvincular del todo lo verdaderamente esencial y resulta absurdo plantearse el porqué de ciertas cosas, porque hay cosas que no responden a porqués, son así y punto, son así porque son o simplemente son.

El absurdo lo es todo y todo es tan absurdo como uno lo quiera ver. En realidad lo importante es estar aquí y ahora, para uno mismo y para todos los demás, en cuerpo y alma, en ambas cosas a la vez, pues sólo se pueden entender vinculadas, si bien existen sus instantes de libertad vigilada tanto para el cuerpo como para el alma. Lo importante es tal vez lo desconocido, o aquello que olvidamos enterrado entre tanta morralla pero que en realidad no desconocemos realmente. Lo importante es tal vez aquello que sabemos desde el día mismo en que nacemos, pero el paso de los días, la educación, la sociedad, la red infinita de herrumbre que nos rodea nos lo ha ido ocultando y se ha ido diluyendo en el océano de lo absurdo. La vida es un desguace en cuyo centro late un corazón simple, la verdad en estado puro: el mero hecho de estar vivo, para uno y para todos. La vida es eso y todo lo que uno quiera que sea, es lo absurdo y el reconocimiento de ese absurdo.

Debilidades al margen, en todo corazón humano se halla la verdadera necesidad de seguir latiendo pese a todo: peso al absurdo, pese a la morralla, pese a la herrumbre, pese a lo esencial y a lo banal, pese a la alegría y pese a la miseria… Pese a todo, ciertamente, y de igual modo, pese a nada…


Debilidades al margen, así habló Il Estatore y eso que no sabe muy bien qué es lo que ha escrito ni de que trata…

viernes 19 de junio de 2009

Dos movimientos

Hace un calor sofocante y lo que más aplasta el cerebro y el espíritu es la certeza de un verano sin descanso y una espera larga. El tiempo tiene dos movimientos: uno es un suceder pausado de las horas, monótono, pesado, casi estático; el otro, es el pasar acelerado de los días, el vértigo de una vida que se escapa entre los dedos.
No sé si las horas pasan rápidas o demasiado lentas. Parece que el día no se mueve y de pronto al echar la vista atrás uno se da cuenta que han pasado tantos días de esto y tantas semanas de aquello y tantos meses de lo de más allá y que ese tiempo apenas resulta un suspiro.
Si lo piensas un segundo los meses han ido cayendo uno tras otro, como fichas de domino: un primer impulso, un dedo ejecutor, un movimiento, simplemente un paso y todas las fichas van cayendo, una detrás de otra, en cascada. Es el movimiento acelerado que precipita los días y los acontecimientos. Pero, si lo piensas un segundo, todo está igual que hace algún tiempo, suspendido en la inmensidad de la nada. Todo está aún por resolver y lo que está resuelto nos parece obsoleto, propio de otra vida. Si lo piensas bien, nada parece haberse solucionado y todos los días parecen el mismo día errático, el mismo caminar pausado. Todas las horas parecen la misma hora aún con sus pequeñas diferencias. El tiempo parece no moverse, no transcurrir, una especie de estatismo enfermizo se instaura en nuestra cabeza, echa el ancla en todo cuanto nos rodea y nos impide ir más allá o más deprisa, nos impide hasta soñar despiertos y lo peor de todo, nos impide superar nuestro pasado, olvidar todo cuanto deseamos olvidar. Al estar parados siempre en la misma hora del mismo día, el movimiento, el tiempo, se vuelve cíclico, circular, y también así nuestro pensamiento: pensamos al mismo instante lo bueno y lo malo, lo bello y lo horrible, lo alegre y lo triste, todo cuanto nos ocurre y ha ocurrido, incapaces de olvidar y también incapaces de vivir lo nuevo, aquello que en el tiempo que estamos viviendo sigue ese otro movimiento más dinámico, el del pasar veloz de los días y de los meses.
El tiempo y su percepción tienen esas cosas, juegan con nosotros y si no somos lo suficientemente fuertes pueden incluso destruirnos. Hace un calor sofocante y el tiempo, como lo metales, se dilata. Hace un calor sofocante y el cerebro debe hacer verdaderos esfuerzos para razonar con claridad. El calor me vence, el tiempo, monótono y pesado, agarrota mis extremidades, el sofá me absorbe, me derrito y no puedo hacer nada más que observar como el tiempo, vertiginoso y fugaz, se escapa entre mis dedos mientras yo simplemente no hago nada.

Así habló Il Estatore.